jueves, 1 de noviembre de 2007

El Palacio de las Vacas.





El recinto debe el nombre a su segundo dueño, quien convirtió el palacete en una lechería.
Un palacio para las vacas. Así de extraño como suena, y existió por 1910, cuando Segundo Díaz, primo hermano de Porfirio, mandó construir un palacete de estilo morisco en el centro de Guadalajara, por la calle San Felipe, reconocida en todo el país como el Paseo Filipense, porque allí estaban algunas de las casas más hermosas de la ciudad, que la modernidad se encargó de destruir.
Díaz traía a su familia en temporada de vacaciones y de paso socializaba con la clase acomodada de Jalisco. El palacete, de 300 metros cuadrados, 24 habitaciones, 10 baños y dos patios, necesitaba una decoración exclusiva y por ello el propietario contrató al muralista Xavier Guerrero para que pintara las paredes.
Guerrero, todavía muy joven pero ya exitoso, había venido a vivir en Guadalajara, donde plasmó obras realmente ambiciosas. En la casa de Díaz escogió pintar en un friso follaje estilizado, alternando con mujeres desnudas, las cuales terminaban en cola de pescado, una anomalía que sumamente sorprendió al dueño. Pero también pintó ángeles, escenas bíblicas e imágenes de Guadalajara de aquellos años, como la barranca de Oblatos y Chapultepec de antaño con sus canales de agua.
Díaz no usó la casa mucho tiempo, y la vendió a su hermano Miguel, quien transformó el palacio en una lechería. Clausuró el acceso que tenía en la calle Reforma y las vacas entraban por la entrada principal del palacete para llegar hasta el patio trasero, es decir, es establo. Los vecinos decían que “era el palacio de las vacas”, que pasaban rodeadas de los murales de Guerrero.
Pero más allá de la excentricidad, el hecho de que hubiera un establo en pleno centro de Guadalajara es un testimonio más de que Guadalajara fue ganadera durante muchos años.
Después de ser establo, la casa tuvo diversos dueños y en 1949 fue rentada para la instalación de la primera universidad femenil de Guadalajara.
Más tarde fungió como escuela primaria y tapicería. En el correr de esas rentas hubo varios destrozos, por ejemplo, cuando fue colegio se colocaron puertas divisorias en los murales y se perdieron varias representaciones de Guerrero.
La promesa de la restauración
Después de 1960, la casa estuvo 10 años abandonada y fue víctima de vandalismo. La hicieron propia marginales del centro, que dañaron varios de sus murales, incluso con graffiti, se robaron puertas y el cancel de la capilla de la planta alta, entre otras cosas.
En la historia de la casa se registra que una de las propietarias que tuvo quiso tirarla para hacer un estacionamiento, pero las autoridades no se lo permitieron. Enojada, mandó tapar con cemento la tubería para que la casa se inundara. En ese tiempo, Alexandra Muir, una vecina de la zona, se dio cuenta de lo que sucedía y la compró. Invirtió algo de dinero en la restauración de la casa y mandó destapar algunos de los caños, pero no hizo mucho más.
Hace siete años, el estadunidense John Allen David vino de vacaciones a la ciudad, al pasar por el Palacio de las Vacas se enamoró de ella, porque pensó que finalmente había encontrado la casa de sus sueños. Se puso en contacto con Muir y la compró, con la firme idea de restaurarla y hacer de ella un hotel con restaurante.
John, que era un galerista reconocido en varios estados del país del norte, vendió todo lo que tenía para comprar e invertirle en la restauración, e incluso vendió su vasta colección de joyas.
Pero las cosas no fueron fáciles. Aun cuando la casa estaba abandonada, con invasión de pulgas y piojos y a punto de destruirse, John decidió que ésa sería su morada en esta ciudad y de inmediato se instaló en ella para comenzar las obras de restauración.
Fue asaltado varias veces, aún no sabe por quién, y le robaron todo su capital, dejándolo sin recursos para cumplir sus sueños. “Se me fue una vida de trabajo. Trabajé 40 años para comprar esta casa”, dice con su escaso español.
Con el dinero que ha podido conseguir, compró antigüedades, como sillas, mesas, lámparas, camas, arregló la capilla, colocó pisos de cerámica y hasta hace pocos meses pudo componer los baños.
El precio de la restauración total de la casa es de 400 mil dólares. Junto con la familia Pérez Cueva, fiel compañera del estadunidense, han recorrido sin éxito infinidad de oficinas de autoridades públicas –ayuntamientos y secretarías– para conseguir financiamiento destinado a la restauración de la casa. En el caso de los murales, la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente (ECRO) está dispuesta a apoyar con la mano de obra, pero Allen David tiene que aportar los materiales, algo que en la actualidad está lejos de sus posibilidades.
Hasta ahora lo único que ha podido lograr es que la Secretaría de Turismo autorizara recorridos turísticos, a cargo de Mónica Pérez Cueva, por el interior del Palacio de las Vacas, que se realizan todos los días en diferentes horarios, con aportación voluntaria, que John la destinará a la rehabilitación, porque su intención es que la comunidad disfrute de la casa, que esté abierta para que cualquiera pueda entrar y apreciar sus encantos.
Pero aun cuando sabe que será difícil reunir el dinero para llegar a su meta, Allen David, feliz y con una sonrisa amplia dice: “todavía es la casa de mis sueños y voy a lograr arreglarla”.
El Palacio de las Vacas está ubicado en San Felipe 630, colonia Centro. Para informes de recorridos y donaciones, los interesados se pueden comunicar al teléfono 3644 5199.

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